octubre 26, 2011
Queridas caris:
¡Ya está! Por fin lo han conseguido: tod@s es@s cantamañanas que llevan más de un mes quejándose del tiempo se han salido con la suya. Claro, tanto “qué calor”, “esto no es normal”, “a ver si llueve de una vez”… Pues hoy hace un perfecto día gris, diluvia en Saint Agustin de la rivière Guadalix (es que en francés mi pueblo suena más glamouroso), y hace frío.
Total, que me levantado al bies; esto es, atravesada, malhumorada, con cara de puño de paraguas (en el argot familiar). La cosa ha ido in crescendo cuando me he percatado de varios hechos verídicos:
A.- Los cojines y colchonetas del jardín están empapados, lo que significa que
1.- Tendré que mojarme para recogerlos.
2.- Llegó la hora de lavarlos y guardar sillas, mesas, tumbonas… En fin, todas esas cosas que hacen del verano un lugar estupendo.
B.- Mi resistencia numantina al frío me ha llevado también a retrasar más de lo conveniente el “momento armario” -esa pesadilla tan femenina (francamente, no recuerdo a ningún varón que me haya hablado de esto nunca) de subirse a los altillos para bajar la ropa de invierno y subir la de verano-, lo que significa que
1.- Tendré que salir a la calle divina de la muerte (por neumonía doble) con sandalias y blusita de manga corta, aunque también puedo optar por enfundarme debajo el traje de neopreno y las aletas de bucear en los pies.
2.- Habrá que planificar ese odioso “momento armario”, que implica media jornada laboral porque incluyen, no sólo el mío, sino los de los demás habitantes de la casa, amén de los comunes (toallas, bañadores, aperos variados de verano).
A estas alturas del día (más o menos cuando me terminaba el café), ya estaba yo buscando una cabeza de turco sobre la que descargar rayos y centellas (ya sabéis, eso que la familia propia llama “carácter” y la política “mal genio insoportable”). Pero no he encontrado ninguna. Así que he barajado la posibilidad de marcharme al gimnasio para una sesión de spinning que me permitiera sudar sobre la bici tanta amargura. La he descartado enseguida: he imaginado la más que probable situación de que me tocara delante una de esas jovenzuelas de trasero redondo, pequeño, duro y sin rastro de celulitis al que tendría que mirar durante 45 minutos. Definitivamente, eso no me iba a alegrar el día.
Y luego, ha llegado EL MOMENTO SURREALISTA: me he pillado conversando (más bien, gruñendo) con portadas de libros de autoayuda. Ha sucedido más o menos así:
.- ¿Quién se ha llevado mi queso? ¡Y a mí que me importa, imbécil! Ten más cuidado con las cosas de comer.
.- El líder que no tenía cargo. ¿Y que lidera entonces este señor tan interesante, si puede saberse?
.- ¿Y para que quiero enemigas? Pues no sabes lo que te pierdes a la hora de ponerlas a parir, bonita.
.- Esto no es un libro de autoayuda: tratado de la suerte, el amor y la felicidad. Empiezas mal, muy mal…
.- Superwoman: el estrés en la mujer. Ésta ha descubierto América.
.- Tus zonas erróneas. ¡Y pensar que te compré porque leí erógenas! Si lo sé…
.- El monje que vendió su Ferrari. Muchas dudas: ¿se compró el coche antes o después de ordenarse? ¿No podía pagarse las revisiones y la gasolina? ¿Para que se lo compró entonces?
.- Estupidez emocional. Para eso me basto yo solita, sin ayuda de nadie.
.- El poder de tu mente subconsciente. No me entiendo ni la consciente, ¡como para entrar en las profundidades de la otra!
Después, me ha entrado un ataque de risa. Definitivamente, los libros de autoayuda pueden cambiarte el ánimo de la forma más insospechada.
Sigue lloviendo. Y haciendo frío. Y recuerdo que me marcho a Haití en tres semanas. Y me bies ha acabado por enderezarse en este primer día de invierno.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
septiembre 26, 2011
Queridas caris:
Este mes de septiembre está siendo atípico. No tengo propósitos de enmienda, ni cursos de chino a la vista, ni tai-chi u otra disciplina exótica que me espere en el gimnasio (ni siquiera ganas de volver a él). Quizá sea porque no he tenido más vacaciones que dos escapadas de tres días y el cansancio hace estragos; quizá, porque los sofocos nocturnos me han dejado de regalo un bodito desfriado (ya sabéis: te lo quitas todo, todo, de encima y luego el sudor se queda helado).
El caso es que lo único que soy capaz de apreciar –con la neurona en resistencia numantina frente a la mucosidad- es la mala leche del personal que ha vuelto de sus vacaciones. En el atasco mañanero, en la cola del súper, a la puerta del colegio… todo son ceños fruncidos o gestos hoscos, cuando no palabras malsonantes.
Cuando comento esto en voz alta, las miradas asesinas me acuchillan al tiempo que escucho las razones por el encabronamiento general del personal:
.- ¡Es la crisis, estúpida! (Vale, pero si tu te has podido ir de vacaciones, es que a ti no te afecta, tanto, ¿no?).
.- ¡Este país se va a la mierda! (Variante de lo anterior, cuyo significado literal no alcanzo a comprender).
.-Nos esperan dos meses de campaña electoral, con las consiguientes empanadas de sandeces que tendremos que escuchar, ver y leer a todas horas. (De acuerdo, pero eso no justifica perder los estribos en la cola del pan.)
.-Hay huelga de profesores, y viene un otoño caliente con muchas más. (Respecto a la primera parte, comprendo a los padres mejor que a los docentes; respecto a la segunda, enfadarse por hipótesis me parece de tontos. Y respecto a las dos, me remito al comentario del punto anterior.)
En esas estaba cuando leí un artículo de Arturo Pérez-Reverte, en el que reivindicaba los buenos modales, quejándose de que muy poca gente saluda hoy con un “Buenos días” al entrar en el ascensor o cruzarse en el parque con alguien. La mayoría rehuimos hasta la mirada para no tener que cruzar ni media palabra.
¿Y si la clave estuviera en recuperar la amabilidad con aquellos con los que nos cruzamos todos los días? Claro que no soy tan ingenua como para pensar que los tiempos difíciles se resuelven con sonrisas, pero seguro que todo sería más llevadero. A pesar de su trágico final, “Cadena de favores” es una de mis pelis favoritas por su tremenda lección de que lo positivo siempre crece exponencialmente.
Definitivamente, es un septiembre atípico, pero pienso sonreír mucho mcmás que otros septiembres.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
agosto 8, 2011
Queridas caris:
Recogiendo y ordenando los pertrechos para las vacaciones, me he percatado de que, en mi cuarto de baño, tengo un cajón entero dedicado a la guerra contra el vello. (Ya me vale el descubrimiento, dado que llevo más de veinte años viviendo en la misma casa).
Paso a detallaros el arsenal. A saber:
-Un juego de tres pinzas (una para casa -la carísima-, otra para los viajes -normalita- y una tercera tipo bisturí de puntas afiladas para las extracciones quirúrgicas de esos pelos que se empeñan en crecer hacia dentro).
-Dos cacharritos de cera rosa chicle para zonas sensibles (¿hay alguna que no lo sea).
-Un cilindro transparente con cera virgen de bolitas rosa chicle para rellenar los dos recipientes anteriores.
-Una loción retardante para el crecimiento del vello, marca Deliplus (de mi Santa Mercadona, proveedora de cosmética asequible).
-Una pomada para quemaduras y rojeces post-depilación.
-Toallitas para retirar los restos de cera.
-Un juego de cuchillas Venus Style, con su corresponiente mango (que no han convertido mis piernas en las de Beyoncée, por más que me empeño).
-Un par de cartuchos roll-on de cera tibia, con su correspondiente aparato para calentarlos y los juegos de bandas pegaytira.
-La princesa destronada: una depiladora Rowenta for Elite Model Look (que sigo utilizando porque en verano no tengo paciencia para el láser, aunque mi look nunca fue ni model, ni elite)
-Y, por fin, la joya de la corona: un aparato doméstico de depilación láser Lumea de Phillips, regalo de mi santa madre que, a pesar de mi caótica aplicación (pierdo la cuenta de los quince días para axilas e ingles y la vez al mes para piernas), comienza a dar sus resultados.
Aún recuerdo las primeras depilaciones de la adolescencia, en mi casa o en las de mis amigas, con aquella cera que achicharraba e impregnaba su olor durante un día entero mientras -entre ¡ays! y ¡jopes!- nos contábamos nuestros primeros amoríos. Fue por entonces cuando comencé a tener ese extraño sueño durante el que me sumergía en un tonel de cera caliente hasta el cuello y salía completa y definitivamente depilada (la tortura merecía la pena por ese “definitivamente”).
Más tarde, cuando empecé la universidad, frecuenté esos garitos donde, sentadas todas en braulias y en fila india de banquetas, una chica con cara de pocos amigos iba poniendo tiras con la pala de madera como quien remacha tornillos en una cadena de montaje. Y, si llevabas vaqueros, cuando llegabas a casa podías descubrir algún pequeño trozo de piel donde no hubiera restos de cera manchados de azul y que te obligaban a salir de la ducha enrojecida por el frote con la piedra pómez.
Los garitos se modernizaron poco después y pusieron cortinas para separarnos, lo que me pareció todo un lujo de intimidad, especialmente a la hora de esas inolvidables posturitas para las tan temidas ingles. Decidí entonces que las mujeres soportábamos mejor el dolor, no por los partos, sino por el entrenamiento de aguantar la cera caliente en esas partes. (Duda: ignoro si los metrosexuales, además de depilarse axilas y torso, se depilan las ingles a la cera).
También por aquella época comenzó a modernizarse el vocabulario y el bigote pasó a llamarse, en los sitios más finolis, “labio superior”. Por no hablar de la criatura perversa que inventó las “ingles brasileñas”.
Llegaron después las ceras frías, las epiladys y, por fin, los láseres. Y cuando, por mi edad, comenzaba a cantar victoria al percibir calvas importantes en los lugares sometidos durante años a la tortura de la depilación, mi cuerpo parece decidido a vengarse.
Ahora, me descubro pelos tan siniestros como negros (¿es que las canas sólo salen en la cabeza?) en los lugares más insospechados. Un día apareció uno en la barbilla; otro, en la oreja; o una sombra sospechosa en los dedos de las manos y de los pies.
La guerra contra el vello, me temo, no tiene visos de acabar nunca, salvo que tire la toalla por agotamiento o por falta de vista. Por si acaso, he sumado a mi arsenal dos espejos, uno bien grande para el baño y otro para el bolso. De aumento, claro.
Hannah Malauva
Enviado por: Hannah Malauva
julio 14, 2011
Queridas caris:
Reconozco que me llevo mejor con los perros que con algunas personas porque los primeros encarnan determinados valores mucho mejor que los segundos. A los chuchos no hay que explicarles el significado de palabras como lealtad y entrega porque vienen con ellas de serie, marcadas en su código genético. Estoy convencida de ello y me importa un bledo lo que digan supuestos especialistas sobre el empeño de algunos amos en “humanizar” los sentimientos de especies como la canina. Los que hemos tenido y tenemos perros sabemos -pero, sobre todo, sentimos- que es así.
Recuerdo a todos y cada uno de los que han pasado por mi vida. En mi infancia y adolescencia, Minuto –la primera pérdida canina, que mis hermanos y yo lloramos ante su tumba en el jardín de casa; Blacky, el pastor alemán que, pese a ser macho, nos protegía como una hembra a su camada; Tíbet, el inmenso y tranquilo (salvo a la hora de la comida) mastín del Pirineo que lamía el suelo por donde mi madre pisaba; y Penny, una mínima y coqueta shit-zu que, a pesar de su tamaño, se deshacía en cariños hacia todos nosotros.
Ya independizada (yo), Carla, una dogo tan nerviosa como inteligente que se comió la alfombra persa de mis padres (¡cielos!) y aprendió a abrir los pomos redondos de las puerta con la boca (en algunos permanece aún las marca de sus colmillos). Y su camada de nueve cachorros, arrebujados todos en nuestra cama una noche de tormenta. Ocho de ellos salieron de casa a los dos meses de nacer ante mi lágrimas por cada uno que emprendía viaje a un hogar nuevo. Nos quedamos con uno, Dogo, que saltaba la valla de dos metros sin carrerilla. O Mastín (vale, no hemos sido nada originales con los últimos bautizos), cuya bondad nos parecía imposible de superar hasta que llegó Bernie, el San Bernardo que ocupa hoy su sitio.
Escribo esto con él tumbado a mis pies, plácidamente dormido. De vez en cuando, su inmensa pata se posa sobre mi mano para recordarme que le encantan las caricias. Puede estar así horas.
No sé vivir sin perro. Ellos me dan tanto en alegría, lealtad, juegos con mis hijos, paseos por el campo y cariño, sin más, que durante las transiciones entre uno y otro me siento perdida. En esos momentos en que uno se ha ido y otro no ha llegado aún, mi santo murmura siempre aquello de “Éste es el último perro que pasa por esta casa”. Yo dejé de decirlo hace mucho tiempo.
Reflexionaba sobre esto hoy, tras charlar con una amiga primeriza cuyo scotch terrier, Muffin, anda ya viejito y recuperándose de una operación de cataratas.
Sí, tener un animal con responsabilidad cuesta dinero, esfuerzo y mucho tiempo para dedicarles. Y no siempre podemos llevárnoslos de vacaciones. Las opciones son buenas guarderías –y caras- o dejarlo en casa, al cuidado de alguien que vaya a darle de comer y beber y lo saque a pasear.
Sí, lo voy a decir. Me he pasado toda mi vida profesional quejándome de las noticias del verano, a saber: accidentes en piscinas, salmonellas varias, eliminar la celulitis del culo para lucir biquini sin complejos, abuelos ingresados en hospitales cuando la familia se marcha al apartamento de la playa y… (ahí va) los perros abandonados en gasolineras de autopista. Dicho queda. Por eso prefiero los perros a algunas personas.
Saludos veraniegos.
Hannah Malauva
Enviado por: mamen
junio 14, 2011
Queridas caris:
No seré yo quien tire una piedra y esconda la mano. Así que vaya por delante la confesión de mis “pecados”: sí, tengo perfil en Facebook; sí, a veces, envío cadenas de mensajes; sí, este post es -muchas veces- un cúmulo de naderías.
Soy muy consciente de lo que cuesta llenar un folio en blanco (no digamos los que suman una novela), unos minutos de radio o unos frames de televisión. Y todo sale del esfuerzo creativo de una, varias o muchas personas. (¡Quieto todo el mundo! No voy a escribir de los derechos de propiedad intelectual.)
El problema, creo, es que ahora hay tal cantidad de “continentes” que es complicadísimo llenarlos de contenidos: periódicos, revistas, webs, blogs, redes sociales, canales de tv generalistas, autonómicos, temáticos, TDT’s, radios, móviles de última generación… No interpretéis esto como una queja, sino como la constatación de un hecho (frase tópica donde las haya, escrita para rellenar).
Tras este prólogo de tres parráfos, voy a los ejemplos. Por ejemplo, cuando le hacen una entrevista a Mercedes Milá, no hay vez que no se repitan, sea cual sea su formato, alguna o todas de las siguientes cuestiones:
1.- El “yo he venido aquí a hablar de mi libro” con Francisco Umbral.
2.- La escena de Camilo José Cela afirmando que era capar de absorber por el trasero un litro de agua.
3.- Jesulín de Ubrique bajándose los pantalones para enseñar la cicatriz de una cornada.
4.- La cuestión de si sigue pensando que Gran Hermano es un experimento sociológico (o sus variantes sobre el programa).
5.- El temazo de si se hace pis en la ducha.
Digo yo que una mujer que supera las 3.000 entrevistas a lo largo de su carrera profesional tendrá cosas mucho más interesantes que comentar. Y no me valen las excusas de la falta de presupuesto. Ya sé que las imágenes son caras, que las finanzas no están para pagar documentalistas o redactores con experiencia y que todo hay que hacerlo muy deprisa. Y me consta que talento, hay.
Zapeando el otro día por los canales temáticos, me quedé pasmada ante un reportaje de casi cinco minutos sobre el chocolate con churros. Ante una imagen de una taza con el líquido espeso y humeante, se veía una mano que mojaba en él un churro mientras la voz en off explicaba, sin inmutarse, cómo… se toma un chocolate con churros: “Se introduce ligeramente la punta para empaparla y se lleva a la boca para saborearlo” (¡caris, ojo las que tengáis programas de alerta de contenidos censurables!).
Las perlas son también fáciles de encontrar, por ejemplo, en temas de Psico. Os traigo ésta:
“ÁBRETE. Vive sin hacer planes. Lo cierto es que no sabemos lo que va a pasar mañana, y ni una nómina ni un plan de pensiones ni un proyecto de vida trazado al milímetro pueden garantizarnos tanta seguridad. Acepta que la vida tiene sus propias normas, ábrete a lo inesperado y aprende a fluir en medio de las circunstancias, sean beneficiosas o adversas. Y así, una vez que hayas soltado lastre, tendrás las manos libres para nadar a favor de la corriente.” Y sigue gran interrogante de test final: “Pregúntate a ti misma… si tuvieras que abandonar rápidamente tu casa y sólo pudieras llenar una maleta, ¿qué meterías en ella?”. Puedo reducir mi comentario de texto a lo siguiente: ?????!!!!!!
Intuyo que lo más difícil debe de ser llenar páginas y páginas, mes tras mes, de revistas de decoración. Ahí va esta otra joyita:
“En las casas con largos pasillos, las puertas delimitan el recibidor del resto de habitaciones. En los dormitorios, la intimidad queda a salvo con puertas macizas mientas que, en las que dan paso al salón, se puede dejar entrever el interior si se instala un modelo que incluya una zona acristalada”. Acabáramos.
Por ahora, me niego al Twiter. No tengo ningún interés en saber cuándo el personal sale de casa, compra el pan o se toma el aperitivo con la pandi. Y mucho menos tendría el que yo lo contara.
Releyendo estas líneas, me doy cuenta de que puedo acusarme de ser como esos programas/blogs/webs/ que se rellenan con retazos de otros para criticarlos. Asumo el riesgo y os remito al primer párrafo de este blog, que no me resisto a terminar sin frase lapidaria: lo siento, directivos y empresarios, pero si no se invierte en talento (de contenidos, en este caso), la calidad del producto final se degrada y se vende menos.
Hannah Malauva
P.D.: Dedicado tanto a los talentos que empiezan y no encuentran trabajo como a los compañeros que, tras años de experiencia, han pasado a engrosar las listas del paro.
Enviado por: mamen
mayo 19, 2011
Queridas caris:
No sé si a vosotras os pasa los mismo, pero yo necesito proyectos en mi vida. En todos los aspectos: profesional, familiar, de pareja, individual, con los amig@s… Cada uno de esos proyectos puede ser de envergadura diversa, desde los más chiquitos a los más grandes. Me apasiona lo mismo decidir de qué color voy a pintar las paredes de las habitaciones de mis hijos que acometer un reto laboral. Lo que tengo claro es que, sin ellos, me apago y desconecto como un móvil sin batería.
A veces, cuando en mi cabeza comienza a sonar ese bip de alarma para indicarme que me voy a desconectar de un momento a otro, me los invento. Casi siermpre tiro de pinceles… de brocha gorda, porque los hados no me premiaron con el don del dibujo.
(Recuerdo como instrumentos de tortura los rotrings en la clase de dibujo del colegio: por algún extraño poltergeist y para mi desesperación, todo se me emborronaba bajo la mano. Y nunca llegué a comprender lo de la perspectiva vespertina. Creo que Don Ángel Horcajo me aprobaba siempre con un cinco raspadillo por puritita conmiseración al ver lo que sufría.)
Pero los proyectos inventados no dan el mismo resultado que “los otros”. Sin ir más lejos, y tras dos fines de semana consecutivos, he acabado hasta el moño de encintar, lijar, imprimar y pintar de blanco puertas, jambas y ventanas de esas con palillerría por fuera (o sea, de las que tienes que ir maderita a maderita). Aunque me queda más del ochenta por ciento de la casa, he decidido aparcar la brocha durante una temporada. Sé que no será larga porque he dejado a la vista un bonito juego bicolor en blanco y madera que me pondrá de los nervios en breve.
Mi santo me mira con cristiana resignación durante esas horas en las que, vestida con un mono blanco manchado y brocha en mano, debo de parecerme mucho al de la motosierra en “La matanza de Texas”. Cuando intenta abrir la boca para hacerme desistir, trasmuto en la niña del exorcista y escupo argumentos sobre el ahorro en el presupuesto familiar. Pero el me conoce como la madre que me parió y sabe que, antes o después, desistiré.
“Los otros” son esos proyectos que llegan inesperadamente, sin buscarlos: son ellos los que te encuentran a ti. A veces, en mi torpeza supina, me cuesta reconocerlos aunque los tenga en las mismísimas narices. Poco a poco, van cobrando forma, definiéndose hasta que, de pronto, se me ilumina la bombilla en la nebulosa de las neuronas y exclamo: “¡Seré imbécil! Pero, ¿cómo no lo he visto antes?”.
Algo así me pasó hace un par de meses. Tras un invierno largo, oscuro y pesado como una tonelada de cemento sobre mis entrañas, comencé a ver la luz. EL PROYECTO estaba ahí y me llamaba a gritos.
Ese proyecto que ha recargado mi batería-alma es un documental. Junto a una buena amiga y mejor profesional (Mar Domínguez), y un puñado de voluntarios que se van sumando a la aventura por pura solidaridad, estamos grabando el proceso de creación y representación de una ópera: escritura del libreto, composición de la música, diseño de vestuario y maquillaje, montaje de escenografía e iluminación, campaña de relaciones públicas, trabajo de producción…
Todo ese proceso está en manos de una cuarentena de jóvenes entre 14 y 17 años con capacidades diferentes -y sus profesores-, que pertenecen al colegio de educación especial ESTUDIO 3-AFANIAS. Me quita el sueño, me apasiona, me absorbe… y me hace sentirme viva y plena de energía positiva. (Si queréis más detalles, entrad en http://www.facebook.com/pages/%C3%93pera-Prima-El-Documental/167001166691099 ).
Os deseo a tod@s un proyecto en vuestras vidas como ÓPERA PRIMA: EL DOCUMENTAL.
Hasta el próximo post.
Hannah Malauva
Enviado por: mamen
abril 26, 2011
Queridas caris:
No quiero escribir hoy de esa multinacional española de telefonía móvil que, con unas pocas horas de diferencia, envía dos comunicados para anunciar que:
1.- prejubilará a miles de trabajadores a partir de los 52-54 años.
2.- sus directivos se llevarán estupendos bonus como regalo por los beneficios conseguidos.
Me niego a escribir sobre la excusa indecente de que esos beneficios se generan en el extranjero, porque -si han conseguido expandirse allende nuestras fronteras- ha sido también gracias al esfuerzo de los que ahora quieren jubilar anticipadamente y sus clientes nacionales, aunque fuera en mejores épocas que ésta.
Tampoco quiero hablar de lo inmoral que es argumentar ese anuncio como “error de Comunicación”. Porque estoy harta de explicar a quien quiera escucharme (mis alumnos de ESERP, fundamentalmente porque pagan por ello) -y a quien no- que la Comunicación entendida como “departamento de maquillaje” no es tal, sino mero florero. Sin ética empresarial, no hay Comunicación que valga. Y si ese error se ha producido, además, porque las notas de prensa se han enviado desde distintos negociados, es para preguntarse qué clase de Comunicación Interna hay en esa empresa y si sus responsables son también de los que cobrarán bonus.
Y más vale pasar por alto los parches de última hora asegurando que los dineros del ERE no saldrán de nuestros impuestos, sino de sus jugosas cuentas. ¡Acabáramos! (porque el Pacto de Toledo dice hace tiempo que si las empresas dan beneficios, se costearán ellas solitas sus prejubilaciones).
Seguro que entre es@s miles de prejubilad@s hay muchas secretarias de dirección. De ellas y de su profesión es de lo que quería hoy hablaros en realidad (aunque con la indignación se me haya pasado medio post).
La mayoría de las que conozco son eficientes, hablan varios idiomas y varias tienen carrera universitaria. De ellas suele depender el buen funcionamiento, no ya de sus jefes directos, sino de la empresa, de la que (hablando de Comunicación) muchas veces son la primera imagen y/o voz.
Su trabajo suele estar mal reconocido, peor pagado (para qué vamos a hablar otra vez de la gran “C”) y etiquetado hasta tal punto que, cuando quieren ascender en los organigramas empresariales, ni se les ofrece la oportunidad ni se les tiene en cuenta.
Seguro que, al igual que yo, habréis escuchado la historia del botones que llegó a presidente de banco. O de aquel magnate editorial que comenzó vendiendo enciclopedias en burro. O del empresario del transporte que compró su primer autobús en una chatarrería.
Pero jamás he leído la historia de una secretaría que llegase a presidenta, consejera delegada o directiva de la compañía en la que trabajaba. Ni siquiera cuando se les cambia el nombre del cargo por el de “asistente”.
Los líderes ayudan a crecer a sus equipos porque están seguros de sus capacidades y no tienen miedo a los éxitos de la gente que trabaja con ellos. Lo demás son “jefeciglios” de pacotilla. ¿Cuántos de unos y otros conocéis?
Además de léxicas, las barreras son mentales.
Hannah Malauva
Enviado por: mamen
abril 14, 2011
Queridas caris:
Creo que pocas cosas hay que exciten tanto mis nervios como las frases hechas o las muletillas. Comprendo que quien las utiliza a menudo deja de ser consciente de que lo hace, porque -si no- no se entiende.
Por ejemplo, mi santa (madre) tiene la costumbre de intercalar en cada una de sus frases un “¿comprendes?” o un “¿entiendes?”. Como la quiero, procuro que no oiga cómo me rechinan los dientes o le pasen inadvertidos mis ojos vueltos del revés. Aunque, en ocasiones, no puedo resistir la tentación de incluir una respuesta directa a su interrogante. De tal modo que la conversación se puede desarrollar más o menos así.
.- Hola, mamá. ¿Qué has hecho durante todo el día?.-
.- Hola, hija. He estado esta mañana en el dermatólogo, porque tenía hora a las once, ¿comprendes?.- Aquí, rápidamente y antes de que prosiga su relato de las cuitas del día, intercalo (con mi proverbial mala leche, según la familia política; con ingenio y sarcasmo, según la propia):
.- Pues, si sigues con una argumentación tan complicada, no sé si voy a ser capaz de seguirte.
Como es una mujer inteligente, enseguida se percata del uso de la muletilla y procura evitarla…. hasta nuestra siguiente conversación.
Las frases hechas son otra estación de mi via crucis lingüístico. Sin ir más lejos, cuando tropiezo y desparramo mis 167 centímetros y demasiados kilos por la acera, mi santo tiene la bonita costumbre de preguntarme:
.- ¿Pero se puede saber qué haces ahí tirada?.- como si una hubiese escogido la postura motu proprio. Y encima con un esguince en el tobillo.
Otra de esas situaciones de frases hechas que aborrezco son los saludos de tanatorio:
.- ¿Qué tal, como te encuentras?.-, preguntas a la pareja o familiar del finad@.
.- Pues ya ves, aquí, como una rosa!.-, dan ganas de responder a veces.
También hay situaciones absurdas, como cuando te encuentras con un conocido en el súper, el médico de cabecera o el dentista.
.- Hombre, ¿cómo tu por aquí?.-
.-Pues ya ves, que he venido a pasar la tarde en este sitio porque no se me ocurría otra cosa mejor que hacer.
Vale, soy una borde.
Besos mil.
Enviado por: Hannah Malauva
marzo 21, 2011
Queridas caris:
Son estos días terribles. No sé vosotr@s, pero no puedo quitarme de la cabeza las imágenes de Japón, cómo en su día tampoco las de Haití (¿por qué ya no hablamos de aquello?). Cuando la Naturaleza se cabrea, nos recuerda que -a pesar de nuestra prepotencia como especie- somos unos microbios insignificantes en un suburbio de una galaxia periférica del universo mundo. Al terremoto de Japón, se unen además la incertidumbre y los peligros de la central nuclear de Fukushima, que -a la hora de escribir estas líneas- ha elevado su nivel de alerta radiactiva.
Aún me impresiona la imagen de una joven llorando, sentada en mitad de los escombros de lo que fue su ciudad.
Siempre me pregunto cómo reaccionaría yo ante una tragedia así: la pérdida violenta e inesperada de tus seres queridos, de tu entorno, de tu realidad. Rescato de la carpeta “Documentación: varios” (al fin sirve para algo!!!), lo siguiente: Las investigaciones de la doctora Beverly Raphael, de la Universidad de Queensland (Australia) concluyeron que las personas afrontan mejor las pérdidas provocadas por catástrofes naturales -terremotos, inundaciones, huracanes- que las provocadas por la mano del hombre, como guerras o atentados terroristas. Parece que asimilamos mejor la fuerza negativa de la naturaleza que la maldad del hombre. En el caso de Japón se entrelazan ambos factores, creo. Porque a la catástrofe natural del terremoto y el tsunami se ha unido, si no la maldad, si esa soberbia que nos cree capaces de controlar la ira de demonios como el uranio y el plutonio.
Pero yo quería hablaros de la resiliencia, ese término que ya acepta la RAE en su nueva edición como jerga psicológica y que define como “Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.
¿Somos ahora menos capaces de afrontar la pérdida de los que nos rodean? Las palabras “duelo” y “luto” tienen mucho que ver en la forma de responder a esa incógnita. La primera remite más al aspecto interior, individual y psicológico de cómo las personas atraviesan ese período de adaptación a una nueva situación. El luto sería la expresión social del duelo. Y como nexo de unión entre ambos conceptos, la palabra maldita que nadie quiere pronunciar, escuchar, leer o escribir hoy en día: la muerte.
Para algunos investigadores, nuestra menor capacidad para aceptar la muerte como un hecho inevitable está directamente relacionada con la paulatina desaparición de los ritos que solían acompañarla y que, a su vez, facilitaban la elaboración del duelo.
Todas las sociedades (a veces mal llamadas) primitivas tenían o tienen ritos colectivos e individuales ante el fallecimiento de un miembro de la comunidad. No muy lejos en la historia de nuestro país, las plañideras ejercían una función importante durante los funerales.
En nuestra sociedad opulenta, la muerte se medicaliza, se esconde en los hospitales, se huye de ella. Y “ella” se reduce a cifras, como en el caso de Japón o Haití.
La resiliencia no es únicamente individual, sino que tiene también en cuenta el entorno, donde el apoyo de las redes sociales constituye un factor fundamental. En estos días he escuchado comentarios indignos sobre el aborregamiento y/o docilidad de la sociedad japonesa, que no “protesta” lo suficiente o no exterioriza emociones. También, alabanzas por su civismo ante las colas de gasolina o productos básicos.
Salvo lo que he leído sobre ella, no conozco la cultura nipona en profundidad. Desde luego, hay rasgos que me gustan menos que otros. Pero lo que sí sé es que, además de “resiliencia” hay otra palabra que muchos deberían mirar en el diccionario para refrescarse la memoria: E-M-P-A-T-I-A.
Enviado por: Hannah Malauva
febrero 22, 2011
Queridas caris:
“Usamos objetos inanimados para convencernos de que estamos unidos incluso cuando estamos solos. Y sin embargo, cuando estamos con otros, nos ponemos en situaciones de aislamiento. Es la tormenta perfecta de la confusión sobre lo que es importante en las relaciones humanas”.
La cita es de Sherry Turkle, investigadora del estadounidense MIT, recogida en su libro Alone together (aquí se ha traducido como Juntos y solos). No es que la autora reniegue de las nuevas tecnologías, todo lo contrario: “Gracias a ellas, podemos establecer relaciones o mantenerlas con personas de todo el mundo”. Pero advierte de que no tenemos por qué sacrificar las cosas buenas de la sociedad tradicional por las nuevas aplicaciones on line, por muy populares que sean.
No puedo estar más de acuerdo con ella. Es algo que les explico a mis másters del universo en las clases de Comunicación: tener un mailing de 200 periodistas/personas está muy bien, pero hay que ponerle rostro a algunas de ellas. Resulta más sencillo criticar o escribir mal sobre alguien cuando no se es más que una arroba en el teclado que cuando revivimos su rostro, sus gestos; su dimensión humana, en definitiva.
En el día a día, t@d@s conocemos ejemplos de esa utilización perversa de las nuevas tecnologías.
- El hijo o sobrino que llega a casa y, después de estar horas con sus amigos, se conecta inmediatamente a twitter, facebook o móvil -o todo a la vez- para seguir charlando con ellos. (¿Es que no les ha dado tiempo a decírselo todo?)
- Esa amiga a la que hace tiempo que no ves y con la que consigues, por fin, quedar en torno a un café
para perder el tiempo interrumpiendo la conversación por llamadas de móvil o mensajes sms. (El 90% de las veces no pasa nada por no contestar una llamada inmediatamente: para eso se inventaron los buzones de voz)
- Ese compañero de trabajo alabado por los jefes porque no se mueve del ordenador y es el último en marcharse. (Seguramente no saben que las últimas tres horas las ha dedicado a navegar por Internet y actualizar su perfil en alguna red social).
- Aquella presentación de un libro o conferencia o sala de cine donde, en el momento más inoportuno, te pone al borde del infarto la melodía chillona de Paquito el Chocolatero (versión Bakalao).
- La llamada de vendedor, amig@, jef@ o lo que sea, a la hora de comer, cenar o, en el colmo de la mala educación, la siesta (Rigalt dixit, por boca de Raúl del Pozo).
¿Dónde quedan el placer de una buena conversación, las buenas maneras (en la mesa o en un acto público), las relaciones de verdad de la buena, y no a través de un objeto?
Creo que en España no estamos llegando -como explica Turkle- al punto de que los adolescentes protesten por la presencia de las blackberry paternas encima de la mesa (más bien, al contrario), pero todo se andará.
Pese a todo, me parece que, bien utilizadas, las TIC nos han facilitado mucho la vida. Pero cuando estoy terminando este post, leo en EL MUNDO una crónica de Fátima Ruiz sobre el estudio de la profesora del MIT que concluye con una escena escalofriante. Simone Black, una británica de 42 años, colgó en su perfil del feis el siguiente mensaje: “Me he tomado todas las pastillas. Moriré pronto. Adiós a todos”. Ninguno de sus 1.082 amigos la llamó.
Hannah Malauva
P.D.: Mensaje a FGU: No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé a muerte tu derecho a expresarlo. Voltaire (1694-1778)
Enviado por: Hannah Malauva
Posts Anteriores